Siempre me cuesta trabajo describir una película de Paul Thomas Anderson a otras personas, porque lo que intento transmitir no es exactamente la trama, sino un feeling, un mood, una vibe. Eso es lo que realmente son sus películas: experiencias sensoriales más que racionales. Su cine está lleno de historias que buscan provocarte emociones, que incluso desafían la lógica, porque sus dramas son fantásticos. Uno entra a la historia justo cuando ya está en movimiento; no hay inicios ni finales definidos. Y sus personajes, casi siempre, están cargados de inocencia y optimismo, y se convierten en antihéroes en medio del caos.
Hablo de One Battle After Another, pero en realidad podría estar hablando de cualquiera de su filmografía. Es uno de los pocos directores de los que puedo afirmar con seguridad que nunca hace la misma película, que ha creado un género propio. Tanto así que hasta Tarantino terminó “mejorando”, según él, su cine con Once Upon a Time in Hollywooddespués de ver There Will Be Blood. Esa película es más paulthomasandersonesca que tarantiniana.
En esta historia seguimos a un grupo de revolucionarios que, en medio de una sociedad blanca y llena de prejuicios, deciden defender a los inmigrantes. Pero eso es solo la superficie, porque en el fondo la película habla de la familia: de cuánto puede arriesgar un padre por su hija y de cómo una madre se ve obligada a abandonarla al no saber cómo dejar atrás su vida pasada e ideales.
Todo esto se eleva aún más con la banda sonora, tejida por las guitarras de Jonny Greenwood, que convierten cada escena en una experiencia visceral e inolvidable. El clímax de la persecución en carretera me recordó a la mítica secuencia de The French Connection, con una tensión que te mantiene al borde, con el corazón latiendo en la garganta. Todo aquí está bien medido: el humor, la acción, la violencia… cada elemento está calculado con precisión, y se nota que estamos frente a la mirada de un director experto que sigue marcando el camino hacia un Hollywood más fresco y creativo.
Si tuviera que encasillarla, sería un dark-comedy-thriller-action film impecablemente logrado. Una fábula donde ser revolucionario se paga con la vida, donde desobedecer a un sistema conservador —que esconde su hipocresía bajo las normas del patriotismo— tiene consecuencias fatales. Al final, el verdadero coraje está en quienes, siendo oprimidos, aun así se rebelan contra el sistema, e incluso contra su propio ADN. Una acción parecida a hacer cine en tiempos modernos.
Este tipo de historias ya casi no se cuentan. Y es gracias a películas como esta que más personas se inspiran a hacer cine, porque todavía surgen relatos llenos de grandeza en medio de tanta basura del cine comercial. ¿Qué más puedo decir? Si Paul Thomas Anderson es la revolución del Hollywood moderno, entonces… ¡Viva la revolución!

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