Hay algo particularmente apropiado en que Backrooms llegue a los cines rodeada de dudas sobre su autoría. Durante años, internet ha sido una máquina extraordinaria para producir fantasmas: imágenes sin origen claro, historias sin dueño identificable, rumores que se vuelven más reales cuanto menos verificables son. Ahora, cuando la película basada en uno de los mitos digitales más influyentes de la última década finalmente alcanza la pantalla grande, la conversación vuelve a girar alrededor de una pregunta familiar: ¿quién hizo realmente esto?
La polémica resulta casi poética.
Porque Backrooms nació precisamente de un espacio donde la identidad importa menos que la sensación. Desde aquella fotografía amarillenta de oficinas infinitas iluminadas por fluorescentes enfermos hasta los cortometrajes virales de Kane Parsons, el fenómeno nunca dependió de personajes memorables ni de grandes arcos dramáticos. Dependía de una emoción más difícil de nombrar: la certeza de estar perdido en un lugar que parece diseñado por alguien que ya no recuerda para qué servía.
Quizá por eso las primeras críticas describen una película tan fascinante como frustrante.
Los elogios se concentran en aquello que Parsons ya dominaba en YouTube: el espacio. No el espacio como escenario, sino como amenaza. Los pasillos, las habitaciones vacías y las arquitecturas imposibles de Backrooms parecen existir en una dimensión donde la lógica humana ha sido abandonada. Hay cineastas veteranos que pasan décadas intentando construir una atmósfera propia. Parsons, según quienes ya vieron la película, parece haber llegado con una voz visual completamente formada.
Lo interesante es que esa misma virtud podría convertirse en su principal limitación.
La crítica más recurrente no apunta a la puesta en escena sino a la narrativa. Los personajes, dicen varios comentaristas, funcionan más como vehículos para explorar el laberinto que como seres humanos capaces de sostener una historia. Es una observación razonable, aunque también plantea una pregunta incómoda: ¿realmente queremos personajes complejos en Backrooms?
La historia del cine de terror está llena de películas que triunfaron precisamente porque renunciaron a explicar demasiado. Desde los pasillos del Hotel Overlook hasta los corredores industriales de Alien, algunos espacios poseen una capacidad narrativa propia. No necesitan psicología; necesitan presencia.
Lo que parece dividir a los críticos no es la calidad de la película, sino su disposición a aceptar una experiencia que opera más cerca de la instalación artística que del relato convencional. Para algunos espectadores, esa apuesta será hipnótica. Para otros, insoportable.
En ese sentido, Backrooms podría terminar siendo una de las películas de terror más generacionalmente definidas de los últimos años. No porque esté dirigida por un cineasta surgido de YouTube, sino porque entiende algo fundamental sobre la imaginación contemporánea: nuestros monstruos ya no viven en castillos abandonados ni en bosques oscuros. Viven en espacios corporativos vacíos, en arquitecturas sin propósito, en habitaciones que parecen existir únicamente porque un algoritmo decidió que debían existir.
Durante décadas, Hollywood adaptó novelas, cómics y videojuegos. Backrooms pertenece a una categoría distinta: es una película nacida directamente de internet. No de una historia viral, sino de una sensación viral.
Y tal vez ahí resida su verdadero interés. Más allá de si funciona o no como largometraje, más allá de las discusiones sobre su ritmo o sus personajes, Backrooms representa la llegada de una generación de cineastas cuya educación cinematográfica ocurrió simultáneamente en las salas de cine y en YouTube.
La película podría ser extraordinaria. Podría ser un fracaso. Podría ser ambas cosas al mismo tiempo.
Pero lo que parece imposible es que pertenezca al pasado.

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