Michael: una gran experiencia, no una gran película

Visualmente deslumbrante y emocional para fans, Michael decepciona narrativamente al evitar explorar verdaderamente la complejidad del artista.
21 mayo, 2026
2 mins de lectura

Hay biopics musicales que intentan comprender a sus protagonistas. Michael, la esperada película sobre Michael Jackson, parece más interesada en preservar la sensación de estar dentro de su universo. Y honestamente, ahí es donde la película encuentra tanto su mayor fortaleza como su limitación más evidente.

Porque sí: Michael está extremadamente bien hecha para tener una buena experiencia musical pero no para deleitar a los amantes del cine.

Desde la reconstrucción visual de distintas etapas de la carrera de Jackson hasta la dirección de arte obsesivamente detallista, la película entiende algo fundamental sobre él: Michael Jackson no fue solamente un cantante, sino un genio musical. Cada escenario, cada ensayo, cada movimiento corporal y cada cambio de vestuario funcionan como parte de un espectáculo diseñado para generar asombro permanente. La película logra replicar eso de manera impresionante.

Luego están las actuaciones.

Hay momentos donde el actor principal, Jaafar Jackson, deja de parecer alguien interpretando a Michael Jackson y empieza a sentirse peligrosamente cercano a la energía real del artista. No solamente en la voz o en la coreografía, sino en esos pequeños gestos físicos que definían a Jackson: la fragilidad corporal y la incomodidad pública. Parece ser una actuación físicamente agotadora y emocionalmente calculada. Y Colman Domingo como Joseph Jackson es milimétrico; se llega a odiar al personaje.

Las secuencias musicales, además, son probablemente lo mejor de toda la película. No porque reinventen el lenguaje del musical cinematográfico, sino porque entienden perfectamente el peso cultural de canciones como Beat It, Billie JeanThriller o Bad. Hay un placer casi automático en ver recreado el aparato gigantesco alrededor de Michael Jackson: las multitudes, los conciertos, la histeria colectiva, los ensayos interminables, la maquinaria de fama funcionando a máxima potencia. Para una generación que creció viendo videos de Michael Jackson en YouTube y consumiendo el mito desde internet y aún más para sus contemporáneos, Michael funciona increíblemente bien como experiencia emocional.

Y ese es precisamente el problema. Porque la película parece demasiado consciente de que el público ya ama a Michael Jackson.

Narrativamente, Michael rara vez toma riesgos reales. Prefiere avanzar como una sucesión de momentos icónicos antes que construir una verdadera exploración psicológica del personaje. Todo ocurre con una velocidad extraña, como si la película estuviera constantemente apresurada por llegar a la siguiente canción o al siguiente pequeño o gran hito reconocible de la cultura pop alrededor de Michael Jackson. Más que una película, por momentos parece un larguísimo highlight reel emocionalmente curado para fans. Esto último termina debilitando muchísimo el drama.

Michael Jackson fue una de las figuras más complejas, contradictorias y trágicas de la cultura popular moderna. Había material suficiente para construir una obra incómoda, densa y emocionalmente devastadora. Pero la película parece tener miedo de detenerse demasiado tiempo dentro de las zonas más oscuras o ambiguas del personaje. Incluso sus conflictos terminan sintiéndose empaquetados de forma relativamente segura.

El resultado es una película que probablemente encantará a quienes crecieron admirando a Michael Jackson, pero que dejará a muchos amantes del cine con la sensación de haber visto una obra narrativamente superficial. Porque técnicamente impresiona. Musicalmente funciona. Visualmente seduce. Pero dramáticamente nunca alcanza la profundidad que una figura así merecía.

Después de todo, incluso décadas después, sigue siendo más fácil admirar el espectáculo que intentar comprender al hombre detrás de él.

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