“Los Torpes” y la necesidad de un cine salvadoreño más atrevido

Ir al Museo MARTE a ver “Los Torpes” se siente un poco como entrar tarde a una conversación rarísima entre payasos, duelo, política y absurdo. Y eso es exactamente lo que hace que funcione, porque es algo diferente.
13 mayo, 2026
3 mins de lectura

El nuevo cortometraje del director salvadoreño Armando Dago toma una decisión narrativa acertadísima desde el inicio: empezar in media res, en medio de la acción. No hay introducciones cómodas ni explicaciones largas. El espectador cae directamente dentro de un universo que ya existe, uno gobernado por reglas extrañas, maquillaje de payaso y una sensación constante de caos controlado. Esa desorientación inicial no es un error; es parte del lenguaje de la película.

“Los Torpes” sigue a tres hermanos que, después de la muerte de sus padres, emprenden un viaje absurdo y cómico para encontrar su lugar dentro de un universo dominado por payasos. Lo que podría sonar como una simple excentricidad estética termina convirtiéndose en una alegoría política sobre el poder centralizado, la convivencia y el absurdo como herramienta de control. El corto entiende algo importante: la ficción no tiene que disfrazar la realidad de realismo para hablar de ella.

Durante una conversación posterior a la proyección, Dago explicó que los payasos surgieron como una necesidad de “distanciar al público de la realidad”. Y ahí aparece una de las claves más interesantes del proyecto: su naturaleza profundamente brechtiana.

El teatro y cine brechtianos, desarrollados por el dramaturgo alemán Bertolt Brecht, rompen deliberadamente la ilusión tradicional de la ficción. En vez de buscar que el espectador se pierda emocionalmente dentro de la historia, intentan recordarle constantemente que está viendo una obra construida. El objetivo no es el escapismo, sino el pensamiento crítico. Dago parece entender perfectamente esa lógica cuando afirma que la estética de payaso sirve como “una primera capa narrativa” que le dice al público: esto es ficción, no una simulación exacta de la realidad.

Elenco y equipo de producción durante el rodaje del cortometraje salvadoreño “Los Torpes”.

Y justamente ahí es donde “Los Torpes” encuentra su mayor fuerza. El absurdo no aparece solo como estilo visual, sino como herramienta narrativa. Los personajes viven bajo dinámicas ridículas, exageradas y caóticas, pero mientras más avanza el corto, más evidente se vuelve que ese mundo no está tan lejos del nuestro. La película utiliza el humor para hablar de convivencia, estructuras de poder y alienación sin caer en discursos solemnes ni en el naturalismo típico que domina mucho del cine social latinoamericano.

Dago lo resume mejor cuando habla sobre cómo vivimos: “Nosotros ni siquiera vivimos bajo una realidad exacta, vivimos bajo una realidad simulada”. Bajo esa lógica, el payaso se convierte en el vehículo perfecto. El payaso rompe normas sociales, altera convenciones y obliga al espectador a observar comportamientos humanos desde otro ángulo. En “Los Torpes”, los payasos funcionan como una traducción deformada de nuestra propia realidad.

Parte de esa efectividad también viene del elenco. Rebeca Castro, quien interpreta el contrapunto racional dentro del caos clownesco, habló sobre lo complicado que fue entrar a un mundo donde “las reglas normales de la sociedad” dejan de existir. Su personaje constantemente intenta regresar a los demás a la realidad, mientras ellos viven atrapados en dinámicas absurdas y lúdicas. Esa tensión termina construyendo gran parte del conflicto emocional del corto.

Y quizás el mayor pecado de “Los Torpes” es justamente ese: crear algo tan interesante y dejar al espectador queriendo más. En apenas treinta minutos logra construir un universo lleno de reglas, personajes y conflictos que se sienten listos para expandirse. El corto termina justo cuando uno siente que apenas estaba entendiendo cómo funciona ese mundo.

Pero quizá ahí también exista una responsabilidad nuestra. Porque sí aparecen propuestas distintas dentro del cine salvadoreño. Sí hay directores intentando construir lenguajes visuales propios, alejándose del hiperrealismo y buscando nuevas formas de hablar sobre el país. Y, aun así, muchas veces seguimos actuando como si el cine salvadoreño simplemente no existiera.

Por eso también vale la pena reconocer el esfuerzo del Museo MARTE por abrir espacio a este tipo de proyectos dentro de su nueva sala audiovisual. Ver cine local en condiciones dignas debería dejar de sentirse como un evento excepcional.

“Los Torpes” no intenta darte respuestas claras. Prefiere lanzarte a un circo incómodo donde el humor y la tragedia conviven constantemente. Y quizás ahí está su mayor logro: entender que, a veces, el absurdo es la mejor manera de hablar de una realidad que ya de por sí parece absurda. Me emociona ver gente arriesgarse y estaré pendiente de ver más “torpes” en pantalla.

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