Esta fue una de esas semanas donde el cine fue refugio, curiosidad y también espectáculo.
Gatos, ciencia y Vincent
Arranqué con Inside the Mind of a Cat. Y, siendo honesto, verla teniendo un gato como Vincent la vuelve automáticamente mejor. Además, esa noche me tocó estar fuera de casa.
Es un documental ligero, divertido y bastante revelador sobre cómo entendemos a los gatos hoy en día. Algo interesante es cómo menciona que el estudio de los gatos ha crecido muchísimo en los últimos años, en parte gracias a su viralidad. Internet los volvió protagonistas, y la ciencia tuvo que ponerse al día.
Dura poco más de una hora, es entretenido y funciona perfecto para una noche tranquila. No intenta ser profundo, pero sí logra que uno vea a su gato con otros ojos.
Shrek 2 nunca falla
El 20 de marzo hice algo que cada adulto debería permitirse más seguido: en lugar de salir, me quedé viendo Shrek 2.
Hay películas que funcionan como comfort food, y esta es una de las mejores. Es divertida, ágil, llena de chistes que siguen funcionando y con un ritmo que nunca cae. La vi en español, específicamente por el “Basta, Rogelio”, y confirmo que el doblaje en animación, cuando está bien hecho, funciona.
Es ese tipo de película que uno pone cuando no sabe qué ver, pero sabe exactamente qué quiere sentir.
Cena de idiotas vs. su remake
El 21 en la mañana vi Le Dîner de Cons, de Francis Veber. Y aquí hay corazón.
La premisa es simple, pero la ejecución es brillante. Es una comedia que funciona desde lo humano, desde lo incómodo, desde lo absurdo pero cercano. Es difícil no encariñarse con sus personajes.
Luego está su remake, Dinner for Schmucks, de Jay Roach, con Paul Rudd y Steve Carell. Y aquí pasa algo que pasa demasiado seguido: se pierde el alma.
La versión americana intenta amplificar el humor, pero en el proceso pierde la sutileza y el corazón que hacían especial a la original. Ver la versión original es casi una clase de por qué no todo necesita remake.
Hoppers, segunda vuelta
Ese mismo día volví al cine a ver Hoppers, esta vez en español.
Y funciona igual de bien. De hecho, mejor en algunos momentos. Verla por segunda vez permite notar detalles, intenciones, pequeños gestos que en la primera pasada se escapan. Los chistes funcionan en ambos idiomas, lo cual no siempre es fácil.
Cada vez estoy más convencido de que es una película que debería estar en conversación para premios. #oscars2026 Tiene corazón, tiene humor y, sobre todo, tiene identidad.
Project Hail Mary
En la noche llegó el main event: Project Hail Mary, basada en el libro de Andy Weir y dirigida por Phil Lord y Christopher Miller.
Es una película difícil de encasillar. Es ciencia ficción, pero también es comedia. Es espectáculo, pero también es profundamente emocional. Tiene algo de E.T. the Extra-Terrestrial y algo de Arrival en su ADN.
Visualmente es una locura. Hay decisiones como el uso de marionetas que le dan una textura distinta, más tangible. Ryan Gosling actúa muy bien, pero quien se roba el protagonismo es Rocky.
Es larga, sí. Hacia el final se siente un poco el peso del tiempo, pero el viaje lo vale completamente. Es de esas películas que uno quisiera ver en IMAX.
Harry, música y runner’s high
Cerré la semana con Harry Styles: One Night in Manchester.
Es un documental bien hecho, pensado claramente para fans de Harry Styles. Pero lo interesante es el concepto detrás: esa conexión entre la música y el “runner’s high”. Esa búsqueda de un estado emocional elevado a través del movimiento o el sonido.
Lo vi después de salir a correr, así que conectó más de lo que esperaba.
Fue una semana de contrastes.
De gatos a ogros.
De comedia francesa a remakes fallidos.
De animación a ciencia ficción épica.
De conciertos a documentales ligeros.
Pero, si algo conectó todo, fue la intención.
Películas hechas para acompañar.
Películas hechas para hacer reír.
Películas hechas para emocionar.
Películas hechas para explorar.
Y, a veces, eso es todo lo que uno necesita del cine.

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