Alguien que sobrevive a una tortura no recuerda principalmente con imágenes, sino con el cuerpo. El oído, el tacto y el olfato se vuelven herramientas de supervivencia durante la experiencia traumática. El oído permanece hiperalerta, atento a pasos, voces, ruidos o silencios que pueden anticipar lo que viene. El tacto se convierte en memoria corporal: la piel aprende a asociar texturas, temperaturas y contactos específicos con el dolor o la amenaza. Y el olfato conecta directamente con el miedo y la vulnerabilidad del momento. Por eso, mucho tiempo después, un sonido, una textura o un olor pueden activar la experiencia completa de nuevo en la memoria, no como un recuerdo racional, sino como una respuesta automática del cuerpo que recuerda para protegerse.
Tomándose la justicia por sus manos, así es como los personajes de It Was Just An Accident identifican a su agresor. Lo reconocen escuchándolo, tocándolo y oliéndolo. Sin ver su rostro, están completamente seguros de quién es, lo suficiente como para secuestrarlo (rodeados de policía corrupta) y dar inicio a una desventura cuyo destino desconocemos al principio. Un accidente desencadena una serie de sucesos conectados, uno tras otro, que arrastran a los personajes —y al espectador— a una situación de la que no sabemos cómo vamos a salir, pero que resulta imposible dejar de seguir.
La política está presente en la película, pero es accesible y universal en su planteamiento. No necesitas saber nada sobre el régimen iraní para entender lo que está pasando. Tampoco hay una urgencia por explicarlo todo de manera innecesaria o didáctica. De hecho, no es sino hasta casi el final que comprendemos por qué estaban siendo arrestados y torturados. Lo que importa no es el contexto explícito, sino las acciones y sus consecuencias. Eso sí, al terminar de verla, es difícil no querer investigar más sobre lo que se vive actualmente en Irán.
Mi principal problema con la película es el diálogo. Por momentos es exagerado y teatral. Los personajes hablan como si estuvieran dando discursos ensayados entre ellos; cada línea parece una declamación cuidadosamente escrita, especialmente en la escena del desierto. Es un tono melodramático que no se siente orgánico. La gente simplemente no habla así.
Sin embargo, creo que una audiencia no acostumbrada al cine iraní probablemente asumirá que así hablan los iraníes y seguirá adelante. Además, mucho de esto puede perderse o suavizarse en la traducción. Aun así, hay decisiones de la trama que rozan lo absurdo. Cuando deciden ir a la casa del hombre, sabiendo lo que sabemos sobre el régimen, es difícil creer que esas personas se arriesgarían a algo así.
Definitivamente sigo pensando en It Was Just An Accident después de verla, aunque no sea de mis favoritas de 2025. Los primeros 20 a 40 minutos son extremadamente potentes; luego hay un pequeño bajón en la mitad, pero en los últimos 20 minutos volví a quedar completamente atrapado. Y ese final se me quedó tan grabado que me tomará mucho tiempo asimilarlo. Dicho esto, Jafar Panahi merece sus flores desde hace más de tres décadas: incluso con una película que está lejos de ser una obra maestra, si logra que más gente llegue a su cine, es más que justo. Ya era tiempo de que una Palma de Oro lo alcanzara.

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