ARCO 2025 de Ugo Bienvenu

Una joya animada que pasó desapercibida, pero emociona profundamente y recuerda que la animación puede ser arte poderoso.
4 abril, 2026
1 min de lectura

Hay películas que uno descubre casi por accidente y termina preguntándose cómo es que el mundo no estaba hablando de ellas. Arco es una de esas. Fue una película que salió en Cannes y eventualmente llegó a cines hasta finales de 2025 y, en El Salvador, en 2026. Nominada a los Oscar como mejor película animada.

Un niño cae del cielo y el mundo se llena de colores.

Arco es residente en el año 2932, viaja en el tiempo al año 2075, donde conoce a Iris. Su dispositivo de viaje temporal está averiado y, con su ayuda, intenta encontrar la manera de regresar al futuro, mientras es perseguido por tres conspiranoicos decididos a demostrar que Arco ha viajado desde el futuro.

Dirigida por Ugo Bienvenu, es una película animada francesa que, al menos en mi caso, llegó como susurro y se fue como terremoto emocional. Me recordó muchísimo a los mundos de Studio Ghibli, no por copia, sino por esa capacidad de construir universos en los que la fantasía sirve para hablar de cosas profundamente humanas.

Arco tuvo un recorrido importante en festivales y fue reconocida en circuitos europeos de animación, además de generar conversación en plataformas como MUBI, donde encontró una segunda vida. Y eso es interesante: hay cine que no explota en taquilla, pero florece cuando encuentra al espectador correcto. En salas apenas estuvo un par de días. Literalmente pasó de largo. Y, sin embargo, es de esas películas que deberían tener funciones llenas y conversaciones largas a la salida.

La experiencia es sencilla de explicar, pero difícil de replicar: me hizo llorar, me hizo sentir feliz, me hizo quedarme en silencio viendo los créditos. Es animación que no subestima al público. No es ruido visual ni franquicia. Es sensibilidad. Es un recordatorio de que la animación no es un género infantil, es un lenguaje. Y, cuando se usa bien, atraviesa.

También me hizo pensar en algo incómodo: cuando hablamos de animación, casi siempre pensamos en Estados Unidos. Y eso limita la conversación. Arco demuestra que en otros países se están haciendo cosas arriesgadas, poéticas y emocionalmente honestas. Es de esas películas que vale la pena recomendar casi con urgencia, antes de que el algoritmo la entierre y el cine siga su curso hacia el ruido.

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