Vértices y la mirada lenta de Arturo López Rodas

Vértices convierte la ausencia en conversación y confirma que el cine salvadoreño encuentra fuerza en lo cotidiano.
12 junio, 2026
4 mins de lectura
Fotografía cortesía de Vértices

Volver a una sala de cine siempre tiene algo especial.

Volver a la sala de cine del Museo MARTE, todavía más.

Pensarlo ya me parece increíble: tener la oportunidad de sentarme en una sala, en El Salvador, para ver una película salvadoreña. Y, después de la función, escuchar a sus actores hablar sobre sus personajes, sobre el proceso de rodaje y sobre las historias que ayudaron a construir. Y, como si eso no fuera suficiente, también tener la oportunidad de conversar con su director. Son de esos pequeños privilegios que a veces uno no dimensiona hasta que regresa a casa y piensa en todo lo que ocurrió durante esa salida.

La película fue Vértices, dirigida por Arturo López Rodas.

Después de la proyección hubo un conversatorio con parte del elenco. Escucharlos hablar sobre sus personajes ayudó a entender mejor una película que, más que contar una historia tradicional, parece interesada en explorar los espacios que existen entre las personas. Las conversaciones, los silencios, las ausencias y los recuerdos.

Luego tuve la suerte de poder conversar con Arturo López Rodas sobre algunas de las decisiones detrás de la película.

Una de las primeras cosas que me llamó la atención fue un cuadro que aparece desde las escenas iniciales: un mono vestido formalmente sosteniendo una calavera, como si estuviera interpretando a Hamlet. Es una imagen tan específica y tan precisa que asumí que alguien la había creado especialmente para la película.

La respuesta fue mucho más sencilla y, quizá por eso, más hermosa.

Arturo me contó que se trata de una obra de Antonio Gómez y que la encontraron durante la búsqueda de locaciones. Necesitaban encontrar espacios con personalidad propia y, cuando visitaron La Galera Teatro, descubrieron tanto el lugar como el cuadro.

Fue uno de esos accidentes felices que a veces ocurren en una producción. El cuadro conectaba perfectamente con los temas del guion y decidieron incorporarlo.

Y no era el único elemento visual que estaba contando una historia.

Durante la primera conversación entre los protagonistas aparecen varias ilustraciones observando desde las paredes. Yo había sentido que aquellas caras funcionaban como observadores silenciosos de la escena, casi como si representaran la presencia de Andrés, el amigo ausente alrededor del cual gira toda la película.

Resultó que esa lectura no estaba tan lejos de la intención original.

Arturo explicó que utilizaron varias ilustraciones que ya existían en el espacio y las colocaron deliberadamente. Tres eran claramente visibles y una cuarta quedaba más escondida. La idea era representar que el grupo originalmente estaba compuesto por cuatro personas y que esa cuarta presencia seguía ahí, aunque ya no ocupara físicamente el espacio.

Esa atención al detalle se extiende también a la forma en que los personajes ocupan el encuadre. Hay una sensación constante de que siempre existe un cuarto lugar reservado para alguien que falta. Incluso hubo una escena en el Galactic Bowling que me llamó la atención precisamente porque rompía un poco ese patrón. Arturo me contó que originalmente se había pensado que un personaje joven completaría ese espacio visual, pero las limitaciones físicas de la locación y del encuadre obligaron a resolver la escena de otra manera.

Sin embargo, la conversación que más me interesó fue sobre la escritura.

Creo que ya es el tercer proyecto de Arturo que veo y hay algo muy particular en la manera en que escribe sus personajes. No hablan necesariamente como habla la gente en la vida cotidiana. Hablan como hablan los personajes escritos por Arturo López Rodas.

Sus diálogos están llenos de anécdotas, historias, dichos y observaciones que parecen surgir de una tradición oral muy salvadoreña. Cuando le pregunté sobre eso, me contó que su padre lo tuvo siendo ya un hombre mayor y que, de alguna manera, lo crió más como un abuelo que como un padre. Recordó que creció escuchando historias, dichos y anécdotas, y que posiblemente esa influencia terminó filtrándose en su forma de escribir.

También explicó algo que me pareció fundamental para entender sus películas: él escribe esas historias y esos largos parlamentos, pero les pide a los actores que no memoricen exactamente las palabras. Lo importante es recordar la intención. Decirlo con sus propias palabras. Mantener el rumbo emocional más que la línea exacta.

Quizá por eso los personajes se sienten tan vivos.

Más aún cuando son interpretados por actores de la tercera edad, algo con lo que Arturo parece sentirse particularmente cómodo. Él mismo reconoce que esas personas llegan al texto cargando décadas de experiencias, ironías, sarcasmos y maneras de expresarse que terminan enriqueciendo cualquier línea escrita.

Pensando en la película después de la conversación, me quedó dando vueltas algo más.

Andrés, el personaje ausente, nunca aparece realmente. Sin embargo, está presente durante toda la historia. Existe a través de las anécdotas que otros cuentan sobre él. Existe en los recuerdos. Existe en las conversaciones.

Arturo me contó que incluso les pidió a sus actores que imaginaran quién era Andrés y que lo construyeran a través de historias que terminarían contando durante el rodaje.

Y entonces recordé uno de los momentos más pequeños de la película.

En cierto punto le piden a un joven que cuente un chiste.

Comienza diciendo:

—¿Qué le dijo un pez a otro pez?

Pero nunca lo dejan terminar.

La respuesta es sencilla:

Nada.

Y, de alguna manera, sentí que esa respuesta dialoga con toda la película.

Porque en Vértices no necesariamente pasa nada.

No hay grandes revelaciones. No hay persecuciones. No hay giros dramáticos diseñados para sorprender al espectador.

Pero a veces la vida es exactamente eso.

Sentarse con amigos.

Hablar.

Recordar.

Intentar entender una ausencia.

Intentar nombrar sentimientos que normalmente dejamos guardados.

Intentar hacer espacio para las personas que queremos.

Y tal vez por eso agradecí tanto no solo haber visto la película, sino también haber podido escuchar a quienes la hicieron y conversar con su director después de la función.

Porque una de las cosas más bonitas del cine salvadoreño es precisamente esa cercanía.

La posibilidad de encontrarse con las personas detrás de las historias.

La generosidad con la que comparten su proceso creativo.

Y el tiempo que se toman para hablar de su arte, de sus decisiones y de las historias que quieren contar.

Esa tarde salí del Museo MARTE pensando en la película.

Pero también pensando en la suerte que tenemos cuando existen espacios para ver cine salvadoreño, hablar sobre cine salvadoreño y encontrarnos con las personas que lo hacen posible.

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