Durante el viaje llevaba una Nikon F2 colgada al cuello y un celular en el bolsillo. En momentos de descanso o durante el rodaje, me encontraba con la oportunidad de retratar ciertas personas, paisajes o memorias.
Han pasado más de dos años desde ese viaje. Hay cosas que ya se me olvidaron, pero todavía puedo recordar algunos lugares con mucho cariño.
Recuerdo una iglesia dominica del siglo XVI que hoy permanece sumergida bajo las aguas de la Presa Presidente Benito Juárez. Antes existía ahí un pequeño pueblo llamado Jalapa Viejo. Tras la inauguración de la presa, en 1962, el pueblo entero fue desalojado y la iglesia es una de las pocas huellas visibles de lo que existió allí. Para llegar hasta ella tuvimos que pedirle a un pescador local que nos llevara en lancha. Cuando el agua está alta, a pocas personas les interesa verla de cerca.
Recuerdo también San Martín Tilcajete, donde tuvimos la suerte de encontrarnos con los diablos aceitados. Durante los días previos al inicio de la Cuaresma, los jóvenes del pueblo se cubren el cuerpo de aceite, utilizan máscaras creadas por ellos mismos y recorren las calles haciendo travesuras. A veces no se sentía como si fuese un carnaval, sino escenas salidas de un sueño extraño o de una película de Jodorowsky.
Creo que las montañas de San Juan Ozolotepec son las que vuelven con más frecuencia a mi memoria.
El director de la película que estábamos filmando tenía una conexión particular con el pueblo gracias a una señora que había trabajado para su familia durante muchos años. Decidió llevarnos hasta ahí en una travesía impresionante.
Para llegar, atravesamos en un pickup caminos montañosos al borde de profundas quebradas. La persona que nos iba a llevar no pudo hacerlo y fue reemplazada por otro conductor llamado Don Orlando, quien solo tenía un brazo. Debe haber sido el mejor conductor que he conocido.
El vehículo que manejaba era manual y, para hacer los cambios, tenía una destreza que todavía me cuesta explicar.
Uno de los paisajes que logramos presenciar juntos fue el pequeño mirador de la Piedra del Molino, el punto más alto de la Cuesta del Obispo de Salta. Fue ahí donde Don Orlando nos contó cómo perdió su brazo.
Nos dijo que había sufrido un accidente mientras trabajaba en una fábrica de llantas en Estados Unidos. También nos contó que un trabajador salvadoreño le había salvado la vida.
Durante los días que permaneció en coma vio a un hombre vestido de blanco. Don Orlando sonaba convencido de que hablaba de una figura semejante a Cristo, pero no descartaba que quizá fuera un ángel o simplemente un sueño. El hombre de blanco le dijo que todavía no era su hora.
En Ozolotepec conocimos familias que nos abrieron las puertas de sus hogares, como la de Doña Irma. Nos dieron de comer tortillas de maíz negro y nos invitaron a tomar el mejor café que he probado en mi vida. También nos invitaron a una fiesta de quince años. Conocimos niños que jugaban por las calles y que nos guiaban por los pasajes del pueblo montañoso, montañas envueltas en neblina y una quebrada por la que corría un río entre tomates salvajes. Todo parecía existir en un tiempo distinto, sin la necesidad de conectarse a ningún mundo digital.
Oaxaca me presentó paisajes y personajes salidos de un cuento fantástico. Una iglesia hundida bajo el agua, diablos aceitados recorriendo las calles de un pueblo y un hombre que decía haber visto a Cristo mientras estaba en coma.
Conocí tierras donde se respira magia.
Cerca del Golfo de Tehuantepec encontré el cuerpo sin vida de una tortuga Olive Ridley.
Fue una de las últimas fotografías del viaje.

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