La Semana del Cine 12

Del 1 al 7 de junio tuve una semana muy movida. Vi 1 documental, 7 películas (incluyendo una nacional) y 1 corto.
8 junio, 2026
8 mins de lectura

El 1 comencé con el documental de Marty, Life is Short. Me gustó un montón, me pareció muy emocional y te enseña a disfrutar la vida con algo tan corto. Los documentales no necesariamente son lo mío, tampoco las biopics, pero Martin Short siempre ha sido un comediante que me ha gustado bastante.

El 2 vi Backrooms en el cine. Creo que tenía mucho hype para esa historia que viene de un creepypasta y me quedé un poquito decepcionado. Es difícil de explicar esta película, pero esto es lo que esta película exige, un entendimiento no tan completo de la historia porque así nació la historia de miles de personas imaginando el lore de esta historia.

El 3 vi Matando Cabos, una película latina muy divertida, con mucha acción y muchos momentos que te quedas como, no sé qué estoy viendo, pero esto me gusta bastante. Matando cabos no te hará aprender nada nuevo ni te servirá para tu desarrollo personal, ya que es una película hecha para pasar un buen momento y dejarte llevar por su magia humorística. Pero, ¿el hecho de que no sea particularmente reflexiva la convierte en una mala película? No necesariamente. 

Las comedias existen para algo muy simple y muy difícil al mismo tiempo: entretener. Hacerte pasar un buen rato. Mantenerte pegado a la pantalla mientras todo se vuelve cada vez más absurdo. Es una película que sabe que es un caos, pero también sabe exactamente qué tipo de caos quiere ser. Y eso la hace mucho más memorable que muchas comedias modernas que se conforman con existir durante noventa minutos y desaparecer de tu memoria antes de llegar a los créditos. 

Luego también el 4 vi Layer Cake, que me gustó un montón la actuación de Daniel Craig. La película en sí no es la gran cosa, es una película dirigida por Matthew Vaughn, que me gusta bastante. Matthew Vaughn es uno de esos directores cuya filmografía siempre me termina pareciendo entretenida. Años después de Layer Cake dirigiría películas como Kick-Ass, X-Men: First Class y Kingsman: The Secret Service, todas marcadas por ese estilo suyo tan particular: personajes carismáticos, mucho ritmo y una cámara que parece divertirse tanto como el espectador. Lo interesante es que Layer Cake fue su debut como director, y ya se pueden ver muchas de las cosas que después definirían su carrera. No tiene la exageración visual de Kingsman ni la energía casi cómica de Kick-Ass, pero sí tiene esa elegancia y esa confianza para contar historias criminales.

Ahora bien, cuando uno habla de gánsteres británicos es imposible no pensar en Guy Ritchie. Durante muchos años él prácticamente definió cómo imaginamos este tipo de películas gracias a obras como Lock, Stock and Two Smoking Barrels, Snatch y, mi favorita de esa etapa tardía, RocknRolla. Sus películas tienen diálogos rapidísimos, personajes que siempre están metidos en problemas más grandes de lo que entienden y una sensación constante de que todo puede salir terriblemente mal en cualquier momento. 

También ese mismo día volví a ver Persépolis. La película está basada en la novela gráfica autobiográfica de Marjane Satrapi y, aunque la había visto en el colegio, me impresionó descubrir que sigue siendo igual de poderosa hoy que cuando la vi por primera vez.

Muchas veces hablamos de Persépolis como una crítica política o una película sobre la Revolución Islámica en Irán, pero para mí siempre ha sido una historia sobre la libertad. Sobre una niña que crece intentando entender quién es en un mundo donde constantemente le dicen quién debería ser. Sobre una mujer que se enfrenta a sistemas políticos, expectativas sociales y tradiciones que buscan controlar desde cómo piensa hasta cómo se viste.

Lo que hace tan especial a la película es que nunca pierde de vista a la persona detrás de la historia. Marjane no es un símbolo ni un discurso político; es una adolescente, una hija, una amiga, alguien que se equivoca, que se rebela y que intenta encontrar su lugar en el mundo. Y precisamente por eso la película conecta tan bien con cualquier espectador, incluso si nunca ha estado cerca de Irán. No es una historia sobre heroínas perfectas, sino sobre la resistencia cotidiana de seguir siendo uno mismo cuando el entorno te exige lo contrario. Si nunca la han visto, por favor búsquenla. Véanla en francés, con subtítulos, y disfruten una película que logra ser divertida, dolorosa, profundamente humana y una de las críticas sociales más inteligentes que ha dado la animación.

El 5 tuve la oportunidad de ver cine en el nuevo espacio de la Alianza Francesa, Espace Lumière. Me invitaron a la inauguración y tuvimos el privilegio de disfrutar de una proyección de Le Voyage dans la Lune acompañada por música en vivo interpretada por William Gómez. 

La verdad es que lo disfruté muchísimo. 

Hay algo especial en ver Le Voyage dans la Lune más de cien años después de su estreno y recordar que, para las personas de 1902, esto era prácticamente magia. Hoy estamos acostumbrados a los efectos especiales, a los viajes espaciales y a los universos digitales, pero Georges Méliès estaba imaginando todo eso cuando el cine apenas estaba aprendiendo a caminar. La famosa imagen de la luna con el cohete incrustado en el ojo sigue siendo una de las imágenes más importantes de toda la historia del cine porque representa el momento en que el cine dejó de ser únicamente una herramienta para capturar la realidad y comenzó a convertirse en una máquina para crear sueños.

Y si la película ya es maravillosa por sí sola, verla con música en vivo la transforma por completo. Muchas veces olvidamos que el cine mudo rara vez se veía en silencio. Desde sus inicios estaba acompañado por pianistas, músicos o pequeñas orquestas que ayudaban a darle ritmo y emoción a las imágenes. Escuchar una nueva interpretación musical mientras las imágenes de Méliès aparecían en pantalla hizo que la película se sintiera viva otra vez, como si hubiera regresado a la época para la que fue creada.

Además, fue una alegría conocer este nuevo espacio cultural. Da gusto saber que San Salvador sigue apostando por lugares donde se puede disfrutar cine, música y arte en condiciones espectaculares. La pantalla, el sonido y el ambiente hicieron que la experiencia fuera todavía más especial. Así que gracias a la Alianza Francesa por abrir este nuevo espacio y por recordarnos que algunas películas nunca envejecen; simplemente encuentran nuevas formas de sorprendernos.

También ese mismo 5 de junio vi La Huella del Oro (The Gold Trail), una producción argentina creada por Daniel Duche para Adult Swim y HBO Max. La historia sigue a Fafner, un mercenario que persigue un misterioso rastro de monedas de oro mientras atraviesa un mundo devastado por guerras, monstruos, gladiadores y conflictos morales.

Pero más allá de la historia, lo que realmente me impresionó fue la animación.

Vivimos en una época donde algunos países, empresas y ejecutivos parecen obsesionados con presumir cuánto pueden reemplazar con inteligencia artificial. Mientras unos celebran la velocidad con la que generan imágenes, otros siguen apostando por algo mucho más difícil: sentarse a dibujar, diseñar, animar y construir mundos que tengan personalidad propia. 

La Huella del Oro se siente precisamente como una demostración de eso. Cada escena transmite intención artística. Ojalá sea una señal de lo que viene para la animación latinoamericana. Porque talento siempre ha habido. Lo que muchas veces faltaban eran las plataformas y la confianza para dejar que esos artistas hicieran cosas tan extrañas, ambiciosas y fascinantes como esta. 

Finalmente, el 6 de junio vi tres películas completamente diferentes entre sí y, curiosamente, las tres terminaron hablando sobre identidad, memoria y la búsqueda de un lugar en el mundo. 

Comencé la mañana con Le Tableau, una película animada francesa dirigida por Jean-François Laguionie. La premisa es maravillosa: dentro de un cuadro viven personajes que descubren que su artista nunca terminó de pintarlos. Algunos fueron completados yse consideran superiores, otros apenas tienen algunos trazos y son tratados como ciudadanos de segunda categoría. Cuando se dan cuenta de que su creador los abandonó, emprenden un viaje para encontrarlo y preguntarle por qué nunca terminó su obra.

Cada escena parece una pintura distinta y la película juega constantemente con diferentes estilos artísticos. Es una de esas joyas de la animación europea que no recibe suficiente atención. Y como está disponible gratuitamente en YouTube, realmente no hay excusa para no verla. 

Más tarde tuve la oportunidad de ir al Museo MARTE, algo que siempre disfruto porque pocas cosas me parecen tan bonitas como sentarse a ver cine dentro de un museo. Ahí pude ver Vértices, la más reciente película del director salvadoreño Arturo López.

La historia sigue a tres amigos de la tercera edad que se reencuentran después de la muerte de un compañero cercano. A partir de ese punto la película se convierte en una reflexión sobre la amistad, el paso del tiempo, la memoria y la manera en que enfrentamos nuestra propia mortalidad. Es una película de ritmo pausado, incluso desafiante para quienes están acostumbrados a narrativas más rápidas, pero esa lentitud es precisamente parte de su identidad. Hay una enorme sensibilidad en la forma en que Arturo observa a sus

personajes y les permite existir frente a la cámara. También destaca el extraordinario trabajo fotográfico de Carlos Siri, que llena la pantalla de imágenes cuidadosamente construidas y de una belleza muy particular.

Pero quizá lo que más me gustó fue algo mucho más simple: ver a tres hombres mayores ocupando el centro de una historia. El cine suele obsesionarse con la juventud y rara vez les da espacio a personajes de esta edad para hablar de sus vidas, sus recuerdos y sus emociones. Por eso me parece tan importante que el cine salvadoreño siga apostando por historias distintas y por personajes que normalmente no vemos en pantalla.

Para cerrar el día vi Nausicaä del Valle del Viento, dirigida por Hayao Miyazaki. Y sí, lo admito: nunca la había visto. Me da un poco de vergüenza porque ahora entiendo perfectamente por qué tantas personas la consideran una de las obras fundamentales de la animación japonesa. 

Estrenada en 1984, antes incluso de la fundación oficial de Studio Ghibli, la película cuenta la historia de Nausicaä, una princesa que intenta evitar una guerra entre naciones mientras el planeta lucha por recuperarse de una catástrofe ecológica provocada por la propia humanidad. 

Es una película profundamente influenciada por los traumas del siglo XX. Hay reflexiones sobre la guerra, sobre las armas de destrucción masiva, sobre la arrogancia humana frente a la naturaleza y sobre nuestra tendencia a destruir aquello que noentendemos. Pero al mismo tiempo es una historia llena de esperanza. Nausicaä cree en la empatía cuando todos los demás creen en la violencia, y esa idea sigue siendo igual de poderosa cuarenta años después. 

Visualmente me pareció deslumbrante. Los paisajes, las criaturas, los insectos gigantes, los bosques tóxicos y los enormes artefactos de guerra hacen que cada minuto sea fascinante de observar. Es una de esas películas que te recuerdan por qué la animación puede crear mundos imposibles que ningún otro medio podría mostrar de la misma manera. 

Y así terminó una semana llena de cine.

Documentales, animación, clásicos, cine salvadoreño, cine francés, cine japonés, películas que nunca había visto y películas a las que regresé después de muchos años. Al llegar al domingo me sentía genuinamente feliz. A veces uno olvida cuánto disfruta algo hasta que vuelve a hacerlo con frecuencia, y esta semana fue un recordatorio de lo mucho que me gusta descubrir historias, sentarme frente a una pantalla y compartir esas historias con ustedes.

Ojalá las próximas semanas sigan siendo así.

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